El año 2440. La primera ucronía de la historia

2440-mercier-ucroniaTras pasar una velada con un amigo inglés y mantener un vivo debate filosófico con él, Mercier se duerme para despertarse 700 años después en un París profundamente transformado. La monarquía sigue vigente, pero atemperada con una organización social y económica más justa; no han desaparecido las diferencias entre ricos y pobres, pero las distancias se han atenuado y, dado que no hay clases parásitas, el trabajo se ha reducido notablemente.

El autor dibuja así un futuro de avance y de progreso que descansa sobre convicciones humanistas, ilustradas y racionalistas, en el que apenas hay guerras y la sociedad está organizada de acuerdo con principios científicos. El año 2440 es la primera ucronía de la historia que, pese a su éxito de ventas en el último tercio del siglo XVIII, fue prontamente prohibida en Francia y en España por sus tendencias contrarias al orden reaccionario y legitimista.

La utopía a la vuelta de la esquina

El año 2440 no es una utopía en el sentido estricto del término. No es un u-topos, un no lugar, sino que se desarrolla en un espacio muy definido: París. El año 2440 es más bien una ucronía, una visión del futuro en la que el espacio es reconocible pero fuera del tiempo o en un tiempo imaginado tan lejano que sólo el sueño puede concebirlo.

Aunque existen algunos antecedentes El año 2440 es, además, la primera ucronía. Se pasa así del esquema de las islas felices que el náufrago encuentra por azar, siguiendo siempre el modelo de la Utopía de Moro, a un espacio concreto, situado en las calles y en las plazas por las que uno camina cada día. Esta precisión espacial implica ya una confianza en el futuro mayor que la expresada por el u-topos clásico, y recoge toda el ansia de cambios y la certeza de su pronta realización de toda la filosofía y la literatura de las Luces. Louis-Sébastien Mercier es, en este sentido, muy representativo de la mentalidad de su época, de la fe en el logro de un mundo.

Mercier el rebelde

Parisino de nacimiento, había venido al mundo en 1740, en el seno de una familia dedicada al comercio a pequeña escala, que vivía sin apuros aunque sin desahogos económicos. Absorto desde joven en la literatura y en la filosofía crítica de las Luces, admirador entusiasta de Rousseau.

Reformista más que revolucionario, cree firmemente en la benéfica tarea del escritor convertido en legislador, como puede verse en este El año 2440, aunque 1789 marca para él un punto de inflexión también en este aspecto, y llega a escribir que «El siglo de la literatura ha terminado, el de la política acaba de empezar».

La efervescencia política de la primera etapa de la Revolución fue el marco propicio para el protagonismo que siempre había deseado con ardor. Amigo de Marat, de Robespierre, de Camile Desmoulins y de Condorcet, se sintió por fin reconocido. Con ellos hablaba de política y de literatura, mientras que con Restif de la Bretonne y con Olympia de Gouges seguía explorando los márgenes que siempre le habían atraído, y buscaba nuevas verdades en el ocultismo, el esoterismo o la masonería.

La profesión de fe de la ucronía

La utopía está de moda en el siglo XVIII, y muy especialmente en su segunda mitad. La prosperidad económica hace aumentar el número de lectores, y la utopía es un género popular. Utilizada por literatos, periodistas y hombres de letras en general, es la herramienta crítica por excelencia, mostrando un deber ser a modo de espejo invertido en el que observar mejor los vicios, las carencias y las injusticias de la propia sociedad.

Hubo años que, al decir de Kraiss, los lectores europeos podían disponer de hasta treinta obras recién editadas pertenecientes al género utópico, acogidas siempre con éxito de ventas. Viajes a islas desconocidas, naufragios oportunos que permiten arribar a playas de países fantásticos, fenómenos naturales (o más bien antinaturales) que arrojan a sorprendidos viajeros a lugares insólitos, como el centro de la Tierra, o les llevan al descubrimiento de extrañas comunidades pobladas por andróginos o gobernadas por mujeres, proliferaban tanto en Francia como en Inglaterra. Más ligeras y divertidas que los tratados filosóficos, pero igualmente severas con las costumbres y las instituciones, permitían seguir la tendencia del siglo con poco riesgo.

La invención del relato utópico tuvo, en el siglo XVI, el impacto de la ruptura con el universo religioso medieval. Como ya estudiara J. A. Maravall hace muchos años, las utopías, como la famosa obra de Moro que da título al género, ofrecían una alternativa al mundo inalterable salido de las manos de Dios. La resignación ante la imperfección de las sociedades, reflejo de la imperfección de una humanidad marcada por el pecado original, se quebraba en la visión de un horizonte utópico, en el que «otro mundo era posible», por utilizar una expresión de nuestro tiempo. La puerta para la rebeldía quedaba abierta.

Sin embargo, al quedar situada fuera del tiempo y del espacio, la utopía tradicional ofrecía un horizonte excesivamente lejano, y se utilizaba más como crítica del presente y como desideratum ideal que como punto de llegada de un futuro imaginable. La ucronía cambia esta perspectiva y «acerca» la utopía, al dotarla de contornos más precisos. Añade una perspectiva nueva. No sólo permite reconocer el mismo espacio del presente histórico transformado, lo que produce mayor impacto en el lector que el paisaje de un no-lugar difícil de imaginar, sino que esa proyección rearma a la utopía con herramientas nuevas. Sale de la inmovilidad y fijeza de las comunidades imposibles, en las que sólo la crítica de los vicios presentes conecta con la realidad que envuelve a quien la lee.

París en 2440

La primera edición de El año 2440 aparece en 1770, si creemos a su autor, o en 1771, según estudiosos de su obra, que se permiten rectificar la memoria del propio Mercier.

El mapa de París en 2440 muestra hechas realidad las grandes propuestas del urbanismo dieciochesco, de Voltaire al Plan de Patte. Mercier fue, como dice Vidler, «quien mejor sintetizó los diferentes proyectos avanzados por los hombres de letras y los arquitectos en los treinta años que preceden a la Revolución, formando un cuadro coherente de lo que podría ser, si se la construyera, la “ciudad celeste de las Luces”», y le convierte en precedente de los «escritores topógrafos», como Nodier, Nerval, Baudelaire o Walter Benjamin. Y, aun más, en inspirador de la nueva imagen pública dibujada por David en el Plan de los artistas de 1793, realizado por Napoleón en la construcción de la rue de Rivoli, y concretado después por Haussmann a partir de 1853. Y todavía encuentra ecos en los proyectos elaborados por Le Corbusier para París después de 1918, guiados también por el plan original de Patte que populariza Mercier. Ajeno a tantas resonancias posteriores, todo este espíritu transformador del espacio urbano está expuesto de forma amena, a través del paseo infatigable de quien se durmió en 1770 y despertó 670 años después.

Por eso, en su sueño, los cementerios y los hospitales se han trasladado a la periferia, a fin de mejorar la salubridad de la villa; el Louvre aparece por fin terminado, y los puentes desembarazados de los inmuebles que estorban la vista del río, un proyecto siempre aplazado pero que los parisinos del futuro han podido completar. Pero nada más cotidiano que la regulación del tráfico rodado, que da preferencia a los peatones, que restringe el uso de vehículos a los ancianos y que obliga a circular por la derecha a los que van en la misma dirección y por la izquierda a los que toman la dirección contraria: «Tous les allant prenaient la droite, et [...] les venant prenaient la gauche», en un magnífico espectáculo de orden y comodidad. Utópico fin de los atascos.

Parques, plazas, fuentes, bulevares espaciosos, e incluso terrazas ajardinadas en los tejados de las casas, completan la modernización de una ciudad que ha terminado con los focos de infección, los malos olores y el hacinamiento que perturban la salud de sus habitantes, y que ahora se acerca un poco más a la naturaleza.

Todavía podemos despertarnos mañana en el año 2440 si empezamos a soñar hoy: si ponemos en marcha las reformas, si tratamos de hacer realidad lo que ya sabemos que debería ser realidad, si demolemos los viejos edificios que nos estorban las vistas y empezamos a trazar las nuevas perspectivas que, como están ya diseñando los arquitectos, transformarán París, no sólo en su urbanismo sino en la vida que transcurre por sus calles y plazas. El recorrido que nos propone Mercier nos enseñará cómo eran los parisinos del siglo XVIII, sus costumbres, sus quejas, sus anhelos y, sobre todo, sus esperanzas. Porque su visión del futuro nos ofrece en realidad un ameno reportaje sobre el pasado.

El texto de esta entrada es un fragmento del estudio preliminar, escrito por María Luisa Sánchez-Mejía, de la edición de “El año 2440. Un sueño como no ha habido otro” publicada en Akal

El año 2440. Un sueño como no ha habido otro – Louis-Sébastien Mercier – Akal

 

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