Moscas en una botella: la ideología de la gestión

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Ludwig Wittgenstein afirmó que la misión de la filosofía consistía en ayudar a la mosca a salir de la botella o atrapamoscas donde estaba encerrada. La mosca del símil sería el ser humano, entendido como individuo, y la botella que la encierra sería nuestro propio lenguaje, que nos mantiene enclaustrados, poniendo límites a nuestro conocimiento y obligándonos a aceptar una determinada visión del mundo.

(…) La caída del Muro de Berlín supuso, a nivel práctico aunque no teórico, la quiebra del marxismo como sistema de pensamiento, en dos niveles. En primer lugar, la implantación de la economía de mercado (no sólo masiva, sino salvaje) en la antigua URSS y sus países satélites, y por último en la China comunista, que paradójicamente es el país del mundo donde el mercado capitalista funciona de una manera más pura, gracias a unos políticos que han decidido dejar de considerar una verdad tan sencilla del pensamiento de Marx como la que afirma que las relaciones de producción son solidarias de, cuando no condicionan, las relaciones políticas y jurídicas. Es segundo lugar, la constitución de formas de gobierno democrático parlamentarias (compatibles con altísimos niveles de corrupción económica). Ambos niveles unidos han conseguido implantar dos ideas fundamentales.

La primera de ellas es que sólo existe un sistema económico posible, la economía de mercado; y la segunda es que esa economía ha de ser compatible, aunque se supone que cada vez menos, con la economía redistributiva que se encarna en el Estado administrador, o gestor, de sectores como la sanidad, la educación, los sistemas de pensiones, además de monopolizar aún sus viejas funciones de defensa y policía.

La resignación hacia el mundo tal como está constituido, la renuncia a cualquier planteamiento de transformación global del mismo, que se consagró en el lema de François Lyotard de la «muerte de los grandes relatos» (se refería básicamente al marxismo), y la implantación de las ideologías del posmodernismo, que predicaban hasta comienzos del siglo XXI el valor de lo fragmentario, lo efímero, el abandono del pensamiento sistemático y la muerte de todos los sistemas de valores, favorecerán las profecías que anuncian la muerte de los grandes discursos (o «pensamiento fuerte»).

En este mundo va a nacer la ideología de la gestión (Boltanski y Chiapello), según la cual todo ser humano es, por definición, un gestor, un empresario, que negocia sus recursos (de capital, de fuerza de trabajo), siguiendo la lógica fundamental de homo oeconomicus, que debe intentar minimizar los gastos y maximizar los ingresos.

Además de parecer bastante claro, como ponen de manifiesto el conjunto de estudios recopilados por Marianne A. Ferber y Julie A. Nelson que esa lógica sólo rige una parte del comportamiento humano (incluso el comportamiento económico, en el que interfieren constantemente otra serie de valores), no deja de ser insultante afirmar que un capitalista que invierte su dinero y un trabajador que vende su trabajo para sobrevivir son ambos gestores.

Ya hace muchos años Marx dejó muy claro que el trabajo y el tiempo de trabajo, además de ser mercancías, son parte de la vida del trabajador, que transcurre y se diluye en el tiempo. Mientras el capitalista es libre de invertir donde mejor le parezca, el trabajador, en muchos casos, no tiene donde elegir. Eso era cierto en época de Marx y vuelve a ser cierto ahora, cuando en todo el mundo se está produciendo un claro proceso de empobrecimiento de los trabajadores, debido a la rebaja constante de los salarios, permitida por la globalización de las comunicaciones y la información y el avance masivo del mercado.

Los capitalistas, que ahora suelen ser llamados eufemísticamente emprendedores, pueden moverse a lo largo del mundo, buscando sus materias primas, sus mercados y su mano de obra, gracias a la deslocalización de sus fábricas. Pero es que, además, en el propio mundo desarrollado se produce también este proceso de rebaja de los salarios que también afecta a titulados superiores muy cualificados, que en otros tiempos eran elementos privilegiados por el sistema.

Un africano que «invierte» miles de dólares en embarcarse en una patera no es un «emprendedor», un homo oeconomicus ni un gestor de su trabajo, sino un ser humano enormemente desgraciado que, para hacer semejante inversión, tiene que estar al borde de la desesperación o de la supervivencia. Y lo mismo podría decirse de los millones de trabajadores cuyos salarios son cada vez más bajos.

No todo el mundo es un gestor ni un emprendedor. Sigue habiendo trabajadores y empresarios, y además no todo es el mercado. El gran divulgador de la ideología del mercado autorregulado omnipotente y de la democracia liberal, Francis Fukuyama, ha dedicado un libro al Estado, destacando su importancia ya que sin él no puede funcionar el mercado. Y es que la economía de mercado sigue conviviendo con la economía redistributiva, gestionada por el Estado en los sectores anteriormente enumerados. Y además interfiere con el mercado mediante diferentes sistemas, como las barreras aduaneras, que impiden la entrada en los mercados del primer mundo de las mercancías enormemente competitivas procedentes de países como China (en el caso del textil y tantos otros). Y que subvenciona, a nivel nacional o internacional, sectores como la agricultura de los ricos, a la que la UE, por ejemplo, dedica la mitad de su presupuesto, gracias a lo cual esa agricultura puede bloquear la competitividad de la agricultura de los países pobres, con bajísimos costes salariales pero muy malos canales de distribución comercial, y por supuesto ninguna subvención estatal. Si las tuviesen, políticos y economistas del primer mundo alzarían a voz en nombre de la «libertad de mercado».

Podemos concluir pues que la economía de mercado se ha constituido como la única aparentemente viable. En ella la noción de mercancía se generaliza hasta abarcarlo todo. Pero en esa economía se esconde una trampa. Y es que para funcionar necesita el paraguas del Estado, lo que ya había dicho Marx, por cierto. Un Estado que la protege, cuando lo necesita, con sus subvenciones y que garantiza el orden y la seguridad jurídica y social, acudiendo cuando es necesario al uso de la fuerza. Puede darse la paradoja de que un economista experto en políticas de desarrollo y muy poco sospechoso de extremismos políticos (Sachs, 2005), recomiende a los países pobres que se salgan del mercado global, precisamente porque no tienen un Estado fuerte que los proteja dentro de este mercado. Según él, se puede conseguir el «fin de la pobreza» de buena parte de nuestro planeta si se centra la inversión de los países pobres en agricultura, agua potable, educación, vías de comunicación y sanidad. Estamos muy lejos de los «cibermundos» de las redes globales que, según otros economistas no especialistas en el tema, serían la panacea de los pobres.

El contenido de esta entrada está extraído del libro “Moscas en una botella. Cómo dominar a la gente con palabras” de José Carlos Bermejo Barrera

Moscas en una botella

portada-moscas-en-una-botellaEl libro que aquí se presenta es una reflexión acerca del lenguaje, o, más concretamente, sobre los modos en los que el uso de los lenguajes científicos constituyen un instrumento fundamental para el ejercicio del dominio político, económico y social. La tesis de la que se parte afirma que en el análisis de los juegos del lenguaje –que siempre actúan a nivel colectivo– debemos tener en cuenta la existencia de un componente emotivo en cada palabra y en cada enunciado.

Es gracias a la confusión entre la referencia de los enunciados y estos componentes emocionales como los lenguajes científicos y políticos consiguen imponer sus formas de dominio. Se analizan, pues, una serie de temas que permiten ilustrar la tesis desarrollada en la introducción, como la forma en la que los científicos hablan de sí mismos y de sus ciencias, que pretende ser científica, pero que sólo es emocional; la manipulación de los traumas de la memoria llevada a cabo en el lenguaje político actual, que forma parte de la estrategia de uso de palabras sin sentido; o la forma en que definiciones preestablecidas condicionan el estudio de un tema, como ocurre en el caso del arte y la arqueología y, de modo más dramático, en el de la psiquiatría, en la cual las formas de hablar de los médicos determinan la vida y el posible sufrimiento de los pacientes.

Moscas en una botella – José Carlos Bermejo Barrera – Akal

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